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Gabriel García Márquez publicado en 1980 en Rolling Stone

Bidong Refugees

Hace 30 años el adorado “Gabo” fue publicado por uno de los noticieros de música rock más prominentes a nivel mundial.

Rolling Stone nos recuerda la edición de “The Vietnam Wars (Las Guerras de Vietnam)”, una crónica sobre refugiados de Indochina. Originalmente escrita en 1979 para la versión internacional de El País, el reportaje fue traducido y publicado en la edición de mayo 1980 de Rolling Stone.

Abajo está la nota en su formato original, en español. La versión Rolling Stone en idioma inglés la puedes leer aquí.

El éxodo vietnamita, entre la realidad y la mitificación
Por Gabriel García Márquez | 16 de diciembre, 1979

EL PAÍS Internacional

La medicina más cara en Vietnam, a principios de agosto, eran las pastillas contra el mareo. Desde hacía varias semanas estaban agotadas en las farmacias, donde antes costaban un poco más de un dólar el frasco de doce pastillas, y habían vuelto a aparecer en el mercado negro a cinco dólares cada una. Sin embargo, no era este el requisito más caro ni el más difícil para fugarse de Vietnam en barcos ilegales. En la ciudad de Ho Chi-Ming—la antigua Saigón—, todo el que quería irse podía hacerlo cuando quisiera, si tenía dinero bastante para pagar el precio y estaba dispuesto a asumir los riesgos enormes de la aventura. El célebre escritor colombiano Gabriel García Márquez, autor de Cien años de soledad, que decidió hace tiempo abandonar la narración para dedicarse al periodismo político, visitó Vietnam el pasado verano. En este reportaje, transmitido por la agencia IPSI, cuenta su visión sobre el controvertido tema de los millares de refugiados vietnamitas.

Lo más fácil era el contacto con los traficantes. En los vericuetos del mercado público del inmenso y abigarrado barrio de Cholon, donde se podía comprar con moneda dura cualquier cosa del mundo, lo único que se conseguía gratis era la información sobre barcos clandestinos. El pago había que hacerlo por adelantado, en oro puro y con tarifas variables según la edad. De seis a dieciséis años se pagaban, para empezar los trámites, 3,5 onzas de oro, que costaban unos 1.500 dólares al cambio oficial. De diecinueve a 99 años se pagaban seis onzas de oro, o sea, diez veces más de lo que ganaba en un mes un viceministro vietnamita. A esto había que agregar el soborno a los funcionarios venales, que daban salvoconductos ilegítimos para viajar dentro del país: cinco onzas de oro. De modo que el precio total para cada adulto era de 2.000 a 3.000 dólares. Los niños menores de cinco años, así como los técnicos y los científicos que eran indispensables para el renacimiento de un país devastado por treinta años de guerra no tenían que pagar nada. Más aún: agentes de viajes ilegales visitaban en sus casas a los médicos más eminentes, a los ingenieros y maestros, y aun a los artesanos más capaces, y les ofrecían gratis y servida en bandeja la oportunidad de fugarse del país para que éste se quedara sin recursos humanos.

No costaba mucho trabajo convencerlos. Las condiciones en la ciudad de Ho Chi-Ming, como en todo el sur del país reunificado, eran dramáticas, y sin perspectivas inmediatas. La población de origen chino, que pasaba del millón, estaba al borde del pánico por la amenaza de una nueva guerra con China. Los cómplices del antiguo régimen que no pudieron escapar a tiempo y la burguesía despojada de sus privilegios por el cambio social no querían nada más que escapar a cualquier precio. Una muchedumbre de desocupados deambulaba por las calles.

Sólo los que tenían una conciencia política a toda prueba, que no eran muchos en una ciudad pervertida por largos años de ocupación norteamericana, estaban dispuestos a quedarse. El resto, la inmensa mayoría, se hubiera ido de todos modos sin preguntarse siquiera cuál sería su destino.

Un éxodo de ese tamaño no hubiera sido posible sin una organización grande con contactos en el exterior. Y, por supuesto, sin la complicidad de funcionarios oficiales. Ambas cosas eran fáciles en el Sur, donde el brazo del poder popular apenas si tenía recursos para impedir otros males peores. La gente con mejor formación política y profesional había sido asesinada de un modo sistemático por el régimen anterior en el curso de la llamada «Operación Fénix», y el Norte no estaba en condiciones de llenar ese inmenso vacío humano.

Hasta donde se ha podido establecer, el tráfico de fugitivos o hacían al principio cinco empresas mayores, establecidas en los puertos de pescadores del extremo meridional, y en el delta del Mekong, donde el control policial era más difícil. Los intermediarios que habían hecho los contactos previos encaminaban a sus clientes hacia los lugares de embarque.

Salir con lo puesto

Provistos de salvoconductos falsos, muchos no tenían más equipaje que sus ropas y las píldoras contra el mareo, pero la mayoría llevaba consigo el patrimonio familiar concentrado en barras de oro y piedras preciosas. El viaje hasta los puertos clandestinos era largo y azaroso, sobre todo por los niños, y no había ninguna garantía.

En general, los barcos eran pesqueros, maltrechos, de no más de veinticinco metros, tripulados por fugitivos inexpertos. Su capacidad máxima era para cien personas, pero los traficantes embutían como sardinas en lata hasta más de trescientas. La mayoría, según las estadísticas, eran niños menores de doce años; muchos tuvieron la suerte de eludir a las patrullas navales, a los malos humores del mar y aun a los tifones imprevistos, pero ninguno logró escapar a los asaltos sucesivos de los piratas en el mar de China. Piratas malayos y tailandeses, como en las novelas de Emilio Salgari. Se ha calculado que cada barco fugitivo sufrió un promedio de cuatro asaltos antes de llegar a su puerto final. En el primero saqueaban el oro y todas las cosas de valor, violaban a las mujeres jóvenes y echaban por la borda a quienes intentaran defenderse.

En los asaltos siguientes, cuando ya no encontraban nada que robar, los piratas parecían inspirados por el placer puro de la violencia. Tanto, que en Hong Kong no se descartaba la idea de que aquellas bandas de salvajes fueran inventadas por los Gobiernos de Malasia y Tailandia para ahuyentar a los refugiados. Era un drama real y apremiante, Y no sólo merecía la atención humanitaria que se le estaba dando en el mundo entero, sino mucha más. Pero la explotación política promovida por Estados Unidos había confundido la naturaleza del problema y había hecho imposible la solución.

Los éxodos masivos del sureste asiático son ya legendarios. Pero sólo los de Vietnam en el presente siglo han sido aprovechados con fines de propaganda política. Él primero fue en 1954. cuando casi un millón de católicos del norte siguieron a los franceses hasta el sur, después de la división del país por los acuerdos de Ginebra.

El éxodo actual empezó en marzo de 1975, cuando las tropas de Estados Unidos evacuaron el país y dejaron sin amparo a la inmensa mayoría de sus cómplices locales, a pesar de que habían prometido llevarse bajo su manto protector a casi 250.000. Una muchedumbre de antiguos oficiales del Ejército y la policía del sur, de espías y torturadores conocidos, así como los asesinos a sueldo de la «Operación Fénix», se fugaron del país como mejor pudieron.

Sin embargo, el problema más grave con que se encontró Vietnam después de la liberación, no fue el de los criminales de guerra, sino el de la burguesía del sur, que era casi toda de origen chino. Esa doble condición de burgueses y chinos facilitó a los enemigos de Vietnam la distorsión maliciosa de una realidad que era en esencia un problema de clase, y no un problema racial.

Muchos de esos ricos comerciantes lograron escapar con sus fortunas en el desorden de los primeros días. Pero la mayoría se quedó en su barrio tradicional de Cholon, aumentando sus riquezas con la especulación de las cosas de primera necesidad. Cholon significa mercado grande en lengua vietnamita, y no por casualidad. Allí se estableció el monopolio del oro. los diamantes y las divisas, y se hizo desaparecer toda la mercancía importada que habían dejado los norteamericanos en la estampida.

Desde allí se mandaban agentes a los campos para rematar cosechas enteras de arroz y comprar de contado la carne de toda una provincia, v todas las legumbres y el pescado del país, que luego aparecían a precios de diamantes en el mercado negro. Mientras el resto de los vietnamitas padecían un racionamiento drástico, en el suburbio chino se podían conseguir, tres veces más caras que en Nueva York, todas las porquerías de la vida fácil que sustentaban durante la guerra el paraíso artificial de Saigón. Era una ínsula capitalista en medio del país más austero de la tierra, con toda clase de extravagancias nocturnas para solaz de sus propios dueños. Había casas de suerte y azar, fumaderos de opio, burdeles secretos, cuando ya todo eso estaba prohibido y restaurantes de delirio donde servían plato tan exquisitos como orejas de oso con orquídeas y vejigas de tiburón en salsa de menta. En marzo de 1978, cuando el Gobierno resolvió ponerle término a ese absurdo, casi todo el oro y las divisas del país estaban escondidos en el distrito babilónico de Cholon. Fue una acción fulminante. En una sola noche, el Ejército y la policía desmantelaron aquel enorme aparato de especulación, y el Estado se hizo cargo del comercio.

El problema “hoa”

No se intentó ninguna acción judicial contra los acaparadores, sino que el Gobierno les pagó sus mercancías a precios normales, y lo obligó a invertir su dinero en negocios legítimos. A pesar de eso muchos prefirieron irse. Hasta entonces el promedio de fugas ilegales había sido de unas 5.000 personas al mes, y entre ellas había tantos vietnamitas como chinos. Después de la nacionalización del comercio privado, el promedio mensual de fugas empezó a subir.

La propaganda contra Vietnam ha dicho que aquella fue una represalia contra los hoa, que es el nombre vietnamita de los residentes de origen chino. La verdad es otra. Del millón y medio de hoas que vivían en Vietnam durante la guerra, más de un millón estaban recluidos en su reducto de Cholon, y el resto eran pescadores, cultivadores de arroz y obreros de minas, y vivían en las fronteras cercanas a la frontera China. Era una corriente migratoria que empezó hace más de 2.000 años y había sobrevivido a toda clase de calamidades, de modo que la mayoría de los hoa eran ya vietnamitas, con todos sus derechos y deberes.

Tres fueron elegidos desde hace poco para la Asamblea Nacional, cinco para los concejos municipales populares y treinta para los concejos de distritos, en el Norte; 3.000 seguían siendo empleados del Estado, y más de ciento en muy alto nivel. Ngi Doan, el alcalde de Cholon, es una hoa de la tercera generación.

Siempre locuaz y sonriente, Ngi Doan me aseguró, y me mostró pruebas escritas, que el pánico de su comunidad fue provocado por la propaganda china. Esa propaganda divulgada en forma de rumores Y hojas clandestinas, planteaba a los hoa un dilema sin solución: o se ponían de parte de China. Y en ese caso corrían el riesgo de una represalia vietnamita, o se ponían de parte de Vietnam, y en ese caso corrían el riesgo de las represalias de China.

Convencidos de que todo hoa era un espía potencial, los vietnamitas los concentraron lejos de la frontera. Terminado el conflicto les hicieron decidir entre adoptar la nacionalidad vietnamita de un modo formal, radicarse lejos de la frontera o abandonar el país. Al mismo tiempo, Vietnam llegó a un acuerdo con el alto comisionado de la ONU, mediante el cual se reglamentaron las salidas legales. A pesar de lo que se decía en el exterior, el costo de los trámites de salida era de sólo dieciséis dólares, pero en cambio -como condición de la ONU- se requería de una visa de residente en el lugar de origen.

Las solicitudes se acumulaban sin esperanzas, y la fuga ilegal terminaba por ser la única posible.

El pánico estimuló el tráfico humano. El negocio artesanal se convirtió en una empresa fácil en la cual participaban compañías navieras de grandes dimensiones.

En aquel desorden, las salidas ilegales subieron a 15.000 en marzo 22.000 en abril, 55.000 en mayo y 56.000 en junio. Las pastillas contra el mareo se agotaron en julio. En esa fecha, 190.000 personas habían llegado a los países vecinos, sobre todo Tailandia y Hong Kong. La cifra exacta de cuantos murieron en el mar por diversas causas es algo que no se sabrá nunca.

Para entonces, la campaña de prensa contra Vietnam había alcanzado un tamaño de escándalo mundial, fundada en el supuesto de que el Gobierno estaba expulsando a sus enemigos y metiéndoles a la fuerza en los pesqueros de la muerte. Yo pasé por Hogn Kong a fines de junio. El mar de China era una inmensa cacerola en ebullición. El Gobierno de Malasia había expresado su voluntad de ametrallar a los barcos errantes que se acercaran a sus costas. Las aguas territoriales de Singapur estaban patrulladas por naves de guerra. Los turistas cándidos que viajaban en los transbordadores de Macao, para conocer las últimas nostalgias de Portugal, se cruzaban en el remanso de la bahía con las barcazas cargadas de moribundos, que unidades de la marina británica remolcaban hacia Hong Kong. El Gobierno de Tailandia se declaró desbordado por la afluencia de fugitivos de diversos orígenes a través de sus fronteras.

Según datos de las Naciones Unidas, allí había 140.000 refugiados: 115.000 de Laos, 23.000 de Camboya y sólo 2.000 de Vietnam. Sin embargo, la misma prensa tailandesa, que tenía los datos dentro de su propia casa, afirmaba que todos eran de Vietnam. Se publicó también, sin preocuparse por la contradicción flagrante, que el propio Gobierno vietnamita cobraba a los fugitivos una cuota oficial de 3.000 dólares por el permiso de salida.

Después, en febrero, cuando el éxodo alcanzó la curva más alta, se dijo que la persecución se había ensañado contra los hoa, como represalia por la invasión china. Se publicaban fotos terroríficas donde los náufragos parecían fugitivos de un campo de exterminio. Eran auténticas: después de varias semanas a la deriva, aniquilados por el hambre y la intemperie y maltratados por los piratas, los millonarios de Cholon se habían vuelto iguales a los chinos pobres.

Wulf Jäger

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